#YoSoyRefugio | Hamidah nos cuenta su historia

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Hamidah Alshbeib, refugiada siria,  contó su historia en el Parlamento Europeo el 20 de junio de 2018, Día Internacional de las personas refugiadas.

Esta es su historia, conoce más en #YoSoyRefugio

La experiencia de ser la voz de las personas refugiadas en el Parlamento Europeo

Me avisaron desde la Fundación Cepaim que me habían elegido para representar a todos los refugiados sirios en el Parlamento Europeo en el día mundial de los Refugiados que se celebra el 20 de junio de cada año. No entendía muy bien lo que significaba. Me venían muchas preguntas a la cabeza y no tenía respuestas. Yo una mujer tan simple y humilde que ahora me dicen que tengo que hablar delante de mucha gente y contar mi historia, mis tristezas y mis emociones. Hablar de mi pasado y mi futuro.

Arropada por todo el equipo de Protección Internacional, recogí mi ropa nueva, que me regalaron con mucha generosidad, y la puse en una bolsa. Subí al coche con el coordinador que no dejaba de animarme y apoyarme. No entendía lo que me decía en ese idioma que tengo tanta necesidad por aprender, pero su voz tranquila y cálida llenaba mis oídos de armonía y paz. Llegamos a Almería y ahí mi compañero de viaje me vio con la bolsa en la mano y me dijo: “No vas a viajar con esta bolsa”. Subió a su piso y me bajo una mochila pequeña en la que guardé mis poco enseres y mi vestido nuevo.

Llegamos al aeropuerto de Almería y mi corazón no dejaba de latir, iba a iniciar otro viaje que cambiará mi vida. Subimos Ali y yo en el avión y fue una sensación magnífica, ver el cielo y las ciudades me ha dado otra perspectiva de la realidad. Un mundo tan pequeño debajo de nosotros. Saqué muchas fotos y disfruté de las vistas. El viaje de Almería a Madrid fue muy cortito. Llegamos por la tarde y fuimos al hotel a descansar. Era la primera vez que entraba en un hotel de esta categoría, tenía mi propia habitación, con una cama y un cuarto de baño. No tuve ocasión de viajar sola sin mis hijos y mi marido a ningún sitio, y ahora tenía el tiempo para mí, para descansar y pensar en lo que estaba viviendo en ese preciso momento.

Me llamo Ali para bajar a comer algo rápido y dar una pequeña vuelta por los alrededores. Volví a mi cuarto y descansé sola en mi cama. El día siguiente fue intenso, empezamos la mañana conociendo a más refugiados. Eran de distintos países y venían de diferentes zonas de España. Conocí a Khalid, Yasmin y Wafae de Siria, Zulikha de Somalia, Amal de Marruecos, Johanne de África. Nos hicimos muchas fotos y ahí empezó nuestra aventura.

En el avión estaba sentada junto a Ali, no dejaba de hablar con él, de hacerle preguntas sobre mis dudas de qué iba a pasar. Había preparado mi discurso y no dejaba de repetir esa historia de mi vida que ahora la iba a escuchar todo el mundo. No dejaba de preguntarme: ¿mi historia iba a interesar a esas personas tan importantes; ¿Por qué la querrían escuchar?; ¿Cambiaría algo?; ¿Podría ayudar a otras personas en una situación como la mía?

Llegamos a Bruselas, la capital europea. Nos dejó el autobús en el Parlamento Europeo. Ahí pudimos disfrutar de un espectáculo impresionante por un bailarín sirio, refugiado en los Países Bajos. Y pude contar mi historia.

El segundo día en Bruselas fue muy corto, reuniones con delegados y presidentes de la Delegación Socialista Española. Nos despedimos de las magníficas personas que habíamos conocido, intercambiando números de teléfono y prometiéndonos mantener el contacto. En el avión de vuelta estaba más relajada, ya no me daba miedo volar, me sentía renovada, ligera y feliz. Creo que nunca me había sentido así. Dentro de mí crecía una fuerza que nunca me había invadido anteriormente. Me sentía con ganas de viajar a conocer Canadá, Francia, y hasta Brasil.  Quiero ser feliz y creo que, aunque no he tenido la oportunidad anteriormente de explorar nuevos horizontes, ahora me siento con fuerzas y ganas para aprender español, estudiar, renovarme y cambiar mi vida.

Llegue a mi piso, con mis hijos que me habían echado mucho de menos, me daban abrazos y besos. Por mí y por ellos tengo que remar este barco y llegar a buen puerto.

Hamidah Alshbeib (33 años, Siria). Nací en un pequeño pueblo llamado Frika de la provincia de Idlib. Mi padre nos abandonó y por ello me considero huérfana de padre. Mi madre nos crio a mis hermanos y a mí trabajando en el campo. Desafortunadamente tuve que dejar el colegio a los 9 años para trabajar en el campo y ayudar a mi familia, aunque me habría gustado estudiar un poquito más.

A los 14 años me pidió la mano mi actual marido Hasan que tenía entonces 21 años, un hombre humilde y con algunas limitaciones para comunicarse y que también era huérfano de padre. Para cualquier chica de mi edad, en mis circunstancias, es lo máximo a lo que podía aspirar. Fue uno de los momentos más felices de mi vida, conseguir ser esposa y madre. Tengo 3 hijos maravillosos, uno de ellos con discapacidad y otro sufre de espina bífida. 

Vivía con mi suegra y yo le ayudaba ya que ella tenía una discapacidad. Mi marido tuvo que emigrar al Líbano para trabajar y yo me quedé a cargo de mis niños sola. Fue una época muy dura.

La guerra llegó y con ella más dificultades, nuestra zona era una de las zonas más afectadas por los controles de las diferentes fracciones implicadas en el conflicto. La inseguridad generada y los bombardeos, cada vez más habituales e intensos, hacían imposible seguir con el tratamiento de mi hijo. Vivíamos con mucho miedo y terror. Mis hijos no podían dormir solos, nos teníamos que esconder debajo de los asientos del autobús para cruzar los controles, no tenía medicamentos ni comida para mis hijos. Decidimos huir hacia Turquía que era el país más cercano que acogía a refugiados. El viaje no fue fácil, lluvia, frío y un camino de montaña con 3 niños de los cuales uno no podía andar y al que teníamos que llevar a cuestas en todo momento, de noche y sin comida. 

Llegamos a la frontera de Turquía y estaba cerrada. Debido a las condiciones en las que estábamos y a la discapacidad de mi hijo, los mismos soldados turcos nos dejaron cruzar la frontera. En la ciudad de Aintab nos quedamos 3 meses a la espera de ser admitidos en el campamento de refugiados habilitado por Acnur. No teníamos nada, salimos de nuestro pueblo sin llevar nuestras pertenencias y solo recibíamos ayuda de los ciudadanos turcos que nos ofrecían comida y ropa. Dormíamos en la explanada de una mezquita, era otra situación precaria por la que tuvimos que pasar mi familia y yo. 

Finalmente nos dieron una tienda de campaña dentro del campamento para refugiados. Para nosotros ese momento supuso un antes y un después. Durante los 4 años que estuvimos ahí, recibíamos ayuda y alimentos; Fátima asistía a clase de forma regular, en cambio Mohammed y Omar no pudieron ofrecerles esta oportunidad. 

Las condiciones no eran las mejores, vivir en una tienda de campaña no te protege del frío ni del calor, cuando llovía se convertía en un charco lleno de lodo y cuando nevaba los techos de las tiendas no aguantaban el peso de la nieve. Durante el verano, fuimos testigos de muchas tiendas que se quemaron y en las que nuestros vecinos y amigos perecieron. Dormíamos todos hacinados con miedo a ser picados o mordidos por serpientes, escorpiones, ratas y todo tipo de insectos. No era digno vivir en esas circunstancias con niños pequeños, la humedad nos afectaba mucho y nuestros cuerpos se debilitaban y la enfermedad nos consumía. La basura y la suciedad nos rodeaban y ahí estábamos sobreviviendo. Los baños eran compartidos por más de dos mil personas y muchas veces teníamos que esperar bastante tiempo para poder utilizarlos. En inviernos los cortes de agua y luz eran muy habituales. Tampoco podíamos conseguir los tratamientos necesarios para mis hijos. En lo que concierne a Omar, pese a que pedimos que se le hicieran los exámenes y diagnósticos necesarios para ayudarle a mejorar sus habilidades lingüísticas, no conseguimos nada. Y con Mohammed acudimos reiteradamente a los servicios de emergencia que no podían ofrecerle ningún tratamiento. Tenía que salir fuera del campamento para buscar trabajo y cubrir algunas de las necesidades básicas que teníamos. 

A los 3 años de estar en el campamento me quedé embarazada. El trabajo fuera, las tareas diarias dentro del campamento, el cuidado de mi familia y principalmente de Mohammed, suponían un esfuerzo enorme para mi cuerpo. Durante los ocho meses de gestación, tenía sangrados continuos. De repente un día mientras dormía me despertó un cólico muy fuerte y sangrando me llevaron a urgencias donde me practicaron una cesárea, ese día perdí un hijo y una parte de mí, me extirparon el útero. 

Nos apuntamos al programa de reasentamiento en otros países dónde podría conseguir las condiciones básicas para mejorar nuestra vida. Solicitamos refugio en Canadá y en Alemania donde fueron rechazadas nuestras solicitudes. No perdí la esperanza y solicité Protección Internacional en España. Con gran alegría me comunicaron que mi solicitud era favorable. Una mezcla de ilusión y miedo a lo desconocido me lleno el corazón. 

Subimos al avión con todos nuestros miedos a lo desconocido y afortunadamente desaparecieron cuando llegamos al aeropuerto. Funcionarios del Ministerio, un equipo médico y una comisión de Fundación Cepaim compuesta por dos trabajadores, uno de ellos original de Siria, nos dieron el mejor recibimiento. Había una persona que me hablaba en mi idioma y me hacía fácil ver y conocer este nuevo hogar; me sentí en familia, rodeada de personas que daban cariño y amor a mis hijos. No podía retener mis lágrimas. 

De Madrid fuimos hasta Roquetas de Mar en compañía de los trabajadores de Cepaim. Veía a mis hijos felices con tantas ganas de vivir y descubrir este nuevo mundo. Llegamos a nuestro nuevo hogar y la alegría no dejaba de hacer temblar mi corazón.

Desde el primer momento, todo el equipo de Fundación Cepaim se involucró con nosotros. Nos acompañaron al centro de salud para hacer un chequeo general y determinar las posibles enfermedades que podríamos tener. Entregaron una silla de ruedas a mi hijo y adaptaron toda la vivienda para que le sea fácil moverse por el piso. Nos prometieron hacer todo lo posible para que Mohammed y Omar tengan todos los exámenes y pruebas necesarias para garantizar los mejores tratamientos. En ese momento, una tranquilidad envolvió mi presente y mi futuro. 

Mis tres hijos fueron escolarizados en centros de educación acorde a sus edades y necesidades y nosotros nos esforzamos mucho para aprender el español necesario para integrarnos en la sociedad y conseguir un trabajo que nos permita vivir dignamente. 

Al poco tiempo de llegar a España viví un momento muy duro al enterarme que el ejército había encarcelado a mis cuatro hermanos en Siria. Durante los siguientes dos meses no conseguía ni comer ni dormir. Finalmente, fueron absueltos y pudieron regresar a sus casas con sus mujeres e hijos. 

No es fácil liberar mi mente, aprender, integrarse y hacer todo lo que hay que hacer sabiendo que la guerra sigue destruyendo lo que más quieres, pero me han tendido una mano para ayudarme a mirar hacia el futuro con esperanza e ilusión. 

Quiero agradecer a todos los organismos, las autoridades y los gobiernos que han hecho posible que mi historia tenga un final feliz. Les pido que no paren de ayudar, que no cierren la puerta a las personas que siguen sufriendo, que siguen soñando con tener un techo seguro para sus hijos. Mi historia es una de tantas de la guerra que lleva ocho años rompiendo hogares y matando inocentes. El futuro es incierto para casi 18 millones de sirios que no tendrán educación y por consiguiente futuro.

Autor: F. Cepaim

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